¿Cómo lo ves?
Se mire por donde se mire.
I. Quien me conoce o simplemente ha subido en mi coche un microsegundo, sabe que conducir no es mi fuerte. Fueron unas cien las clases de autoescuela, me lo saqué a la quinta (en uno de los exámenes ni salí del recinto pero al llegar a casa me hice unos huevos fritos -eran las 11:00 pero había que resurgir de semejante bajón-), he tenido que pedir varias veces a desconocidos que me lo aparquen, voy a la vuelta de la esquina con Google Maps abierto, aviso al salir y al llegar por whatsapp para tranquilidad de mis familiares, fui al banco a comentarles que me habían hecho phishing y resultaba que SEITT son los peajes y voy siempre -pese a tener 50 discazos en la guantera y tener el último coche de Madrid en el que se siguen pudiendo escuchar- concentrada y en silencio, con el detente donde la pegatina de la ITV.
Por eso no es de extrañar que cuando le pedí el coche a R. para hacer un sábado 40 kms entre dos pueblos para ver a una amigas, me dijese que, sin problema, pero que el viernes «practicaríamos» para confirmar con sus propios ojos que era capaz de hacer el trayecto, en su querido automóvil, sin sobresaltos.
La prueba, a priori, parecía sencilla: sacar el coche del garaje. Con cámara trasera de la NASA, automático, me daría para una canción de Spotify, era pan comido... pero no me había enterado del apellido. Sacar el coche (SÍ), con él de instructor (OK), pero también con las niñas (CÓMO), saldríamos al atardecer con la carretera bien hasta arriba de coches (QUÉ), anocheciendo (PERO SÍ NO SE PONER LAS LARGAS) y de Madrid, 101 kms, a ese primer destino (VETE A LA M...).
Fui capaz. Mientras que en el chat de primos, el copiloto, experimentando por primera vez esta nueva condición en los viajes familiares, había montado un cachondeo: «nos lleva Ali», «en el coche de mamá, hoy saldremos a pasear», fotos de la velocidad a la que iba «por la que no llegaríamos nunca», la carretera vacía, mi cara de estar sacándome una oposición, «he puesto radio estadio (emoji lengua fuera)» y al final unas cuantas fotos de nubes.
- «Ahora me puedo dedicar a capturar imágenes».
Cuando cogí el móvil y leí el vacile (cerveza en mano, bien merecida), me paré en esas fotos de nubes con el sol atravesándolas, el verde del campo, el horizonte, y cómo mirando a un mismo punto, desde un mismo ángulo, dos personas pueden ver algo completamente distinto. Algunos elefantes, otros osos de peluches, otros belleza, otros simplemente nada.
En lo que siempre está ahí, en lo que siempre nos acompaña, tan solo levantando la cabeza y un poco la mirada.
«Pero aquel desprecio era antiguo. Era el mismo desprecio, en realidad, que sentían por Connie Forest, o por todo aquel capaz de ver algo distinto en aquellos que ellos llevaban contemplando demasiado tiempo sin ser capaces de ver nada en absoluto».
II. Ver la Torre Cepsa o ver un pen drive. La del BBVA o una tapa de retrete. La mesa vacía o llena de comida como los niños de Peter Pan. El último de la cola o girarse en el sitio y sentirse el primero. Un sarpullido en la nuca o la marca que confirma que te trajeron unas cigüeñas de París. Cumplir años o la excusa, sin escapatoria, para juntar a los amigos que ves menos. Quedar en un yate.
«Stump estaba presente, pero no podía tocar aquella escena. No podía intervenir en ella. Era un mero espectador. Quién sabía lo que le estaba pasando. La vivía desde dentro de su propio mundo, desde dentro de, quién sabe, su propia ciudad sumergida. Parecía que una pared de cristal le separaba del mundo que en aquel momento constituían Alice Strunk y Myrna Burnside».
III. Esta semana, en la presentación de La víspera de Manuel Jabois, el autor comentaba cómo le fascinaban aquellas relaciones de años o de conexiones que permiten una especie de telepatía que adelanta todo tipo de sensaciones con una persona durante una conversación o situación. Todo lo que ocurre en sus cabezas mientras algo se dice o sucede, como le pasaba con algunos de sus amigos por la longitud o profundidad de las vivencias. O eso entendí.
Pensé en la nube y, otra vez, en cómo mirando a un mismo punto, desde un mismo ángulo, dos personas pueden ver algo completamente distinto. Y cómo es de fascinante cuando, a veces, ven lo mismo.
«Durante lo que pareció una pequeña eternidad, tres minutos, seis, siete, se formó un nuevo planeta capaz de contener para siempre aquel momento, un planeta llamado Jane y Bane».
Un collar de merchandising o un diente de tibu. Una pendiente de hierba bajo el puente de Juan Bravo o la posibilidad de hacer la croqueta. Una piedra con forma extraña o un guante de fútbol americano que fue solidificado. Lluvia en tu ventana o una carrera de gotas.
Los niños juegan todo el tiempo a ser mayores pero nosotros nunca nos permitimos jugar a ser niños.
Condensación de vapor de agua o una ballena…
¿Cómo lo ves?
Todas las citas son de La señora Potter no es exactamente Santa Claus de Laura Fernández. Voy por la mitad. ME ESTÁ ENCANTANDO.



Que bueno ... las carreras de gotas! Por Dios!!